
Actividad económica: crecimiento agregado sin tracción interna
La actividad económica mostró en el inicio de 2026 una señal positiva en términos agregados,
con un crecimiento de +1,9% interanual en enero, acompañado por variaciones mensuales
también positivas en la serie desestacionalizada y tendencia-ciclo. No obstante, una lectura más
profunda revela que este crecimiento no responde a una expansión homogénea del tejido
productivo, sino a una dinámica altamente concentrada en sectores específicos.
El impulso proviene principalmente de actividades vinculadas al frente externo (agro, energía
y minería), que presentan una menor capacidad de generación de empleo masivo y un bajo
efecto multiplicador sobre el consumo interno. En contraste, los sectores más relevantes para
la demanda doméstica, como la industria manufacturera, el comercio y la construcción,
continúan mostrando debilidad, con niveles de utilización de la capacidad instalada en torno al
53,6%, incluso por debajo del registro de un año atrás.
Desde una perspectiva macro, esto configura un escenario donde la economía crece en el
margen, pero no logra consolidar un proceso de expansión generalizada, lo que limita su
sostenibilidad en el tiempo. Para el inversor, este desacople implica que el crecimiento
agregado no debe interpretarse linealmente como una mejora del ciclo, sino como un fenómeno
fragmentado y dependiente de drivers externos.
Mercado laboral: estabilidad en el nivel, deterioro en la calidad
El mercado de trabajo refleja con claridad las limitaciones del actual proceso de recuperación.
A pesar de la mejora en la actividad, la tasa de desempleo se ubicó en 7,5%, mientras que la
tasa de empleo se mantiene prácticamente estancada en 45,0%, lo que evidencia una baja
capacidad de generación de nuevos puestos de trabajo.
Sin embargo, el dato más relevante no es el nivel de empleo, sino su calidad. La informalidad
alcanza al 43% de los trabajadores, y aproximadamente el 30% de la población
económicamente activa enfrenta algún tipo de presión laboral, ya sea por desempleo,
subocupación o necesidad de múltiples fuentes de ingreso.
En términos macroeconómicos, esto implica que una proporción significativa de los hogares
opera con ingresos inestables o insuficientes, lo que afecta directamente la capacidad de
consumo y ahorro.
Salarios: dinámica nominal elevada, pero sin recomposición real
Los salarios muestran una recuperación en términos nominales, con un crecimiento del 37,7%
interanual, aunque con una marcada heterogeneidad entre segmentos. Mientras que el sector
privado registrado avanza un 28,5% i.a., los ingresos del sector no registrado crecen un 80,6%
i.a., reflejando una recomposición más asociada a la informalidad que a una mejora estructural
del empleo de calidad. Esta dinámica evidencia un mercado laboral fragmentado, donde la
expansión de ingresos no es homogénea ni sostenible.
Sin embargo, en términos reales, el salario continúa deteriorándose. Es decir, el poder
adquisitivo ha caído. Con una inflación que se mantiene en torno al 2,9% mensual y una
variación interanual del 33,1%, la mejora nominal no logra compensar la suba de precios,
particularmente en servicios y regulados, que actúan como piso inflacionario. Desde una
perspectiva macro, esto implica que la masa salarial real sigue bajo presión, restringiendo el
consumo y deteriorando la capacidad de pago de los hogares. Para el inversor, la señal es clara:
no hay aún una recomposición del ingreso disponible que permita sostener una recuperación
de la demanda interna.
Consumo y demanda interna: ajuste vía ingresos
La debilidad del ingreso real y la precarización del empleo se traducen en una contracción de
la demanda interna. Este proceso se refleja tanto en la caída del consumo, observable en
indicadores como la recaudación de IVA, como en la reducción de la demanda de bienes
importados.
En efecto, las importaciones registraron una caída del -11,8% interanual en febrero, en un
contexto donde la actividad industrial continúa operando con niveles bajos de utilización de
capacidad instalada. Este comportamiento es consistente con una economía donde el ajuste no
se produce principalmente vía cantidades de empleo, sino a través de la compresión del ingreso
disponible.
Sector externo: superávit por compresión de importaciones
El sector externo presenta una mejora significativa en términos de saldo comercial, con un
superávit de US$ 788 millones en febrero y un acumulado cercano a US$ 2.775 millones en lo
que va del año. Sin embargo, este resultado requiere una lectura cualitativa.
La mejora del saldo no responde a un dinamismo exportador particularmente robusto, sino
principalmente a la fuerte contracción de las importaciones, en línea con la debilidad de la
demanda interna. Esto implica que el superávit comercial actual tiene un componente más
recesivo que expansivo.
Adicionalmente, desde la óptica del balance cambiario, la sostenibilidad del esquema depende
de los flujos efectivos de divisas, donde el sector agroexportador presenta una dinámica
estacional con mayor liquidación esperada en el segundo trimestre y el sector energético aporta
una base más estable de ingresos.
Para el inversor, esto implica que la estabilidad cambiaria actual se sostiene en gran medida
sobre una demanda contenida de dólares, más que sobre un aumento estructural de la oferta, lo
que introduce un componente de fragilidad en el escenario.
Sistema financiero: aumento del riesgo crediticio
El sistema financiero comienza a reflejar el deterioro de las condiciones económicas de los
hogares. Los indicadores de calidad de cartera muestran un incremento en la irregularidad del
crédito, con niveles en torno al 4,5% para el total del sistema y del 7,8% en el segmento de
familias.
Este deterioro está directamente vinculado a la pérdida de poder adquisitivo y a la mayor
inestabilidad de los ingresos, lo que incrementa la carga de la deuda sobre los hogares. En un
contexto de tasas de interés reales elevadas, el crédito se vuelve más costoso y menos accesible,
profundizando el proceso de ajuste.
Desde una perspectiva macro-financiera, la suba de la mora funciona como una señal temprana
del ciclo, anticipando un posible endurecimiento de las condiciones crediticias y un impacto
adicional sobre el consumo y la actividad. Para el inversor, este fenómeno es particularmente
relevante en la evaluación del sector bancario y de activos expuestos al mercado interno.
Conclusión: un equilibrio macro sostenido por compresión de la demanda
La economía argentina transita un proceso de estabilización nominal acompañado por una
debilidad persistente en la demanda interna. El crecimiento agregado convive con un mercado
laboral deteriorado en calidad, una masa salarial real comprimida, una demanda interna débil
y un sistema financiero que comienza a reflejar mayores niveles de estrés. En paralelo, el frente
externo mejora, pero fundamentalmente por la caída de importaciones y no por un cambio
estructural en la capacidad exportadora.
Para el inversor, esto configura un escenario de equilibrio frágil, donde la estabilidad depende
en gran medida de la continuidad de condiciones restrictivas. En ausencia de una
recomposición del ingreso real o de un impulso significativo en la inversión, la economía
enfrenta el riesgo de que la debilidad del mercado interno termine condicionando el crecimiento
agregado en los próximos meses.
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